Presos de una realidad intangible

Hasta hace no mucho tiempo, hablar y establecer vínculos de amistad haciendo uso de los labios particulares, impulsados por cuerdas vocales, era algo muy común entre los seres humanos. En las ciudades masificadas, una serie interminable de bloques de pisos ofrecían un foro en forma de balcones y patios interiores, que cumplían la función de enlace entre dos partes desconocidas, el puente hacia una más que posible amistad, por el factor que fuera. En los pueblos, algo usual era toparte con alguien conocido y establecer una conversación, prolongable nadie sabe cuándo y dónde. Pues bien, toda esta amalgama de formas de comunicación e interacción social pasó a mejor vida, o mejor dicho, agoniza de forma lenta y dolorosa.
Qué fueron de aquellas cartas, manuscritas por poetas analfabetos, que rebozaban romanticismo en cada letra que daba origen a palabras colmadas de ternura, párrafos abarrotados de cariño; tristemente, el cartero del amor lleva años en paro y, precisamente, no está previsto un retorno cercano a su ocupación de antaño. Dónde quedaron los bailes en discotecas (véase pubs o locales de ambiente festivo) y verbenas en los que unos protagonistas cualesquiera, (des)conocidos avergonzados, se sonrojaban mutuamente ante la mirada entrometida de pícaros asistentes al acto de osadía, el duende se perdió en el camino. Por qué aquellas conversaciones entre estudiantes que comparten vivienda de alquiler han sido sustituidas; y es que hay tantas preguntas sin respuesta, bueno sí, ésta está ahí, pero es tan rematadamente cruel que se vuelve inaceptable.
Cualquier decisión o acuerdo está condicionado; jugar un partido de fútbol, organizar una barbacoa con un grupo de amigos, tomar una copa en el centro de Sidney –ciudad más poblada de Australia-, la negociación de un préstamo con una entidad bancaria, cenar en un restaurante de Palamós (Gerona), asistir a un concierto de jazz o música electrónica, ir al cine, comprar un kilo de tomates de Los Palacios; la distancia hacia la consecución de todo ello está a un solo gesto (inteligente). Qué pensarán en el 2075 cuando un libro, o la herramienta de enseñanza que exista por entonces en los centros educativos en sustitución de éste, incorpore en sus “páginas” que la gente se reunía en la plaza del pueblo, a la caída de la tarde, para culminar la jornada de trabajo y arreglar un mundo cuya solución es algo compleja.
A buen seguro, la excepción –que confirma la regla, como en toda teoría- contempla un bosque de cabezas cabizbajas, que no se alzan para ponerse erguidas salvo motivo mayor que las obligue u obstáculo insuperable que se interceda en el camino, como si la derrota fuera el denominador común de la sociedad, como si nadie se sintiera orgulloso de sus actos. No hay marcha atrás, el transporte camino de una sociedad indolente y repleta de somnolencia ha arrancando y avanza a una velocidad es imparable. Hemos tenido el “privilegio” de vivir una nueva era, somos presos de una realidad intangible, habrá que indagar en profundidad para encontrar las ventajas que posea, si las hay. Virtualidad.
Brindemos por los “buenos días” de toda la vida. Salud.
GRG